Se puede usar la IA contra la dominación, pero no se puede producir la IA fuera de la relaciones de dominación capitalistas (esp/eng)
Escrito por Noticias de la Rebelión

Desde el materialismo histórico sabemos que cada gran salto en las fuerzas productivas ha traído consigo una época de revoluciones sociales. El arado de hierro, el molino de agua, la máquina de vapor, la fábrica, el ferrocarril, la electricidad, el ordenador personal, internet: todas estas tecnologías, al generalizarse entre la población, transformaron el modo de vida, hicieron añicos las viejas relaciones sociales y abrieron la posibilidad de una nueva organización de la producción. Pero también cada una de ellas fue capturada por las clases dominantes, que las convirtieron en instrumentos de extracción de plusvalía, disciplinamiento de la fuerza de trabajo y acumulación de poder. La contradicción es la misma de siempre: las fuerzas productivas apuntan hacia la socialización del trabajo, pero el marco jurídico y político de la propiedad privada las encadena.
Hoy nos enfrentamos a la inteligencia artificial. Y la pregunta obligada es: ¿estamos ante un nuevo desarrollo de las fuerzas productivas que, como los anteriores, contiene la promesa de una sociedad más libre? La respuesta militante debe ser firme: no. La IA no se parece al hierro ni a la máquina de vapor. No está naciendo en talleres comunales ni en la experimentación colectiva de artesanos y campesinos. La IA nace en los laboratorios del Pentágono, financiada por DARPA, criada en los centros de datos de Google, Meta, Amazon y OpenAI. Sus primeras aplicaciones no fueron curar enfermedades o mejorar la educación, fueron la vigilancia masiva, el reconocimiento facial de manifestantes, la predicción algorítmica de delitos, la manipulación de la opinión pública mediante ejércitos de bots y microsegmentación política, la automatización del trabajo de oficina para disciplinar a quienes todavía conservábamos algo de autonomía intelectual.
La IA no es creación cultural. La creación cultural nace del encuentro con la alteridad, de la experiencia de lo extraño, del diálogo entre subjetividades diferentes, de la necesidad de explicarnos quiénes somos ante el asombro de ver a otros que son como nosotros pero también distintos. La IA no ofrece encuentro con la alteridad. Ofrece una máquina que simula lo humano, que reproduce los promedios de lo ya pensado, que aplana la creatividad en lugar de diversificarla. Detrás de la IA no hay un pueblo que busca entender el mundo para transformarlo. Detrás de la IA hay ingenieros pagados por corporaciones que buscan predecir nuestra conducta para venderla, controlarla o reprimirla.
En este sentido, la IA se parece al panóptico de Bentham, esa prisión circular donde un solo vigilante podía observar a todos los presos sin ser visto. El panóptico no fue creación cultural. Fue tecnología de dominación pura, un producto tecnoideológico. Nació en la cabeza de un filósofo utilitarista, no en la práctica colectiva de ninguna comunidad. Su propósito era disciplinar cuerpos, normalizar conductas, hacer eficiente el castigo. Nadie podría haber «reorientado» un panóptico hacia la liberación. Su arquitectura misma era dominación. Con la IA ocurre algo semejante, aunque con una diferencia crucial: la IA es una tecnología de propósito general, como un martillo o un ordenador, no un dispositivo de vigilancia de un solo uso. El panóptico no servía para otra cosa que vigilar. La IA puede usarse también para traducir literatura prohibida, para organizar una huelga, para difundir análisis marxista como este. Pero su producción, su entrenamiento, su infraestructura pesada, los inmensos centros de datos que la hacen posible, están en manos de una clase dominante que no permitirá que esa tecnología escape a su control.
Ahí reside el tema principal de la cuestión. Se puede usar la IA contra la dominación. Un sindicato puede usar ChatGPT para redactar pliegos de peticiones. Un movimiento social puede usar el reconocimiento de imágenes para documentar abusos policiales. Un colectivo de investigadores sin acceso a bibliotecas puede usar herramientas como sci-bot, que pone la IA al servicio del conocimiento libre gracias a la infraestructura pirata de Sci-Hub. Hay ejemplos de uso rebelde, pero no debemos confundir el uso con la producción.
Porque producir la IA, entrenar un modelo fundacional desde cero, no está al alcance de ninguna comunidad. Se necesitan miles de procesadores especializados costando decenas de millones de dólares, centros de datos que para refrigeración roban enormes cantidades de agua y energía al nivel de las grandes centrales eléctricas, ingentes cantidades de datos que han sido extraídos de la actividad humana mediante el extractivismo de datos, y un saber técnico que solo se acumula en las universidades de élite y los laboratorios corporativos. Una comunidad hoy puede fabricar un arado de hierro, puede construir una radio, puede poner un servidor web en un ordenador doméstico. Pero una comunidad no podría hoy entrenar un modelo como GPT-4 o Gemini. No por falta de voluntad política o inteligencia, sino por falta de acceso material a los medios de producción cognitiva, es decir, a los modelos de lenguaje computarizado.
Esto nos coloca en una situación inédita en la historia del movimiento obrero. Cuando los trabajadores fabriles del siglo XIX se enfrentaban a la máquina de vapor, podían aspirar a expropiar la fábrica, ponerla en común y operarla ellos mismos. La tecnología no era un obstáculo, solo la propiedad. Hoy, incluso si expropiáramos los servidores de OpenAI, necesitaríamos mantener una cadena de suministro de chips taiwaneses, electricidad de centrales hidroeléctricas, técnicos capaces de mantener el software. La IA no es una máquina que pueda ser apropiada como se apropia un taller. Es un sistema planetario de extracción, cómputo y control, integrado en las entrañas mismas del capitalismo tardío.
Así que no debemos luchar por «una IA comunitaria» como si tal cosa fuera posible. Luchemos por desmontar los usos dominadores de la IA. Luchemos por mantener espacios de uso crítico, conscientes de la contradicción en la que caemos (porque cada vez que usamos una IA, entrenamos al modelo que mañana podría ser usado contra nosotros). Luchemos por construir alternativas de bajo costo, modelos pequeños, hardware abierto, computación distribuida, que no aspiren a competir con Google sino a servir a necesidades concretas de comunidades concretas. Luchemos por expropiar, cuando se pueda, la infraestructura de la IA, pero sin ilusionarnos: la expropiación de los medios de producción cognitiva no será posible hasta que expropiemos también los medios de producción material que los sostienen.
La frase que titula este texto es una declaración de límites. Saber que no se puede producir la IA fuera de la dominación no nos condena a la pasividad. Nos indica dónde está la verdadera lucha: no en pedir «IA ética» a las corporaciones, no en soñar con una «IA popular» entrenada por asambleas vecinales, sino en resistir a los usos vigilantes y disciplinadores de la IA, en construir usos tácticos que escapen al control, en preparar las condiciones materiales para que algún día, cuando el capitalismo sea derrotado, podamos decidir colectivamente qué hacemos con estas máquinas. Por ahora no nos engañemos: la máquina no está de nuestro lado. La usamos porque la contradicción nos acompaña pero el llamado es a destruirla.
AI can be used against domination, but AI cannot be produced outside of relations of domination
From historical materialism we know that every great leap forward in the productive forces has brought with it an era of social revolutions. The iron plow, the water mill, the steam engine, the factory, the railway, electricity, the personal computer, the internet: all these technologies, as they became generalized among the population, transformed the way of life, shattered old social relations, and opened the possibility of a new organization of production. But each one of them was also captured by the ruling classes, who turned them into instruments for extracting surplus value, disciplining the labor force, and accumulating power. The contradiction is always the same: the productive forces point toward the socialization of labor, but the legal and political framework of private property chains them down.
Today we face artificial intelligence. And the obligatory question is: are we facing a new development of the productive forces that, like those before it, holds the promise of a freer society? The militant answer must be firm: no. AI is not like iron or the steam engine. It is not being born in communal workshops or in the collective experimentation of artisans and peasants. AI is born in the laboratories of the Pentagon, funded by DARPA, raised in the data centers of Google, Meta, Amazon, and OpenAI. Its first applications were not curing diseases or improving education. They were mass surveillance, facial recognition of protesters, algorithmic prediction of crimes, manipulation of public opinion through bot armies and political micro-targeting, the automation of office work to discipline those of us who still retained some intellectual autonomy.
AI is not cultural creation. Cultural creation is born from the encounter with alterity, from the experience of the strange, from the dialogue between different subjectivities, from the need to explain who we are when confronted with the astonishment of seeing others who are like us but also different. AI offers no encounter with alterity. It offers a machine that simulates the human, that reproduces the averages of what has already been thought, that flattens creativity instead of diversifying it. Behind AI there is no people seeking to understand the world in order to transform it. Behind AI there are engineers paid by corporations who seek to predict our behavior in order to sell it, control it, or repress it.
In this sense, AI resembles Bentham’s panopticon, that circular prison where a single guard could observe all prisoners without being seen. The panopticon was not cultural creation. It was pure domination technology, a technoideological product. It was born in the head of a utilitarian philosopher, not in the collective practice of any community. Its purpose was to discipline bodies, normalize behavior, make punishment efficient. No one could have «reoriented» a panopticon toward liberation. Its very architecture was domination. Something similar occurs with AI, though with a crucial difference: AI is a general-purpose technology, like a hammer or a computer, not a single-use surveillance device. The panopticon served no other purpose than to watch. AI can also be used to translate banned literature, to organize a strike, to spread Marxist analysis like this one. But its production, its training, its heavy infrastructure, the immense data centers that make it possible, are in the hands of a ruling class that will not allow that technology to escape its control.
Therein lies the heart of the matter. AI can be used against domination. A union can use ChatGPT to draft collective bargaining proposals. A social movement can use image recognition to document police abuse. A collective of researchers without access to libraries can use tools like sci-bot, which places AI at the service of free knowledge thanks to Sci-Hub’s pirate infrastructure. Examples of rebellious use exist, but we must not confuse use with production.
Because producing AI, training a foundational model from scratch, is not within any community’s reach. It requires thousands of specialized processors costing tens of millions of dollars, data centers with cooling and energy on the level of large power plants, vast quantities of data extracted from human activity without compensation, and technical knowledge that accumulates only in elite universities and corporate labs. A community today can forge an iron plow, can build a radio, can host a web server on a home computer. But a community today could not train a model like GPT-4 or Gemini. Not for lack of political will, but for lack of material access to the means of cognitive production — that is, to computerized language models.
This places us in an unprecedented situation in the history of the workers’ movement. When the factory workers of the nineteenth century confronted the steam engine, they could aspire to expropriate the factory, hold it in common, and operate it themselves. The technology was not an obstacle, only ownership. Today, even if we expropriated OpenAI’s servers, we would need to maintain a supply chain of Taiwanese chips, electricity from hydroelectric plants, technicians capable of maintaining the software. AI is not a machine that can be appropriated like a workshop. It is a planetary system of extraction, computation, and control, integrated into the very entrails of late capitalism.
So we must not fight for «community AI» as if such a thing were possible. Let us fight to dismantle the dominating uses of AI. Let us fight to maintain spaces of critical use, aware of the contradiction in which we are caught (because every time we use an AI, we train the model that tomorrow could be used against us). Let us fight to build low-cost alternatives, small models, open hardware, distributed computing, that do not aspire to compete with Google but to serve the concrete needs of concrete communities. Let us fight to expropriate, when possible, the infrastructure of AI, but without deluding ourselves: the expropriation of the means of cognitive production will not be possible until we also expropriate the means of material production that sustain them.
The phrase that titles this text is a statement of limits. Knowing that AI cannot be produced outside of domination does not condemn us to passivity. It shows us where the real struggle lies: not in asking corporations for «ethical AI,» not in dreaming of a «people’s AI» trained by neighborhood assemblies, but in resisting the surveillance and disciplinary uses of AI, in building tactical uses that escape control, in preparing the material conditions so that one day, when capitalism is defeated, we can collectively decide what to do with these machines. For now, let us not fool ourselves: the machine is not on our side. We use it because contradiction accompanies us, but the call is to destroy it.